Los Dones Espirituales

Publicado por: admin | Ensenanzas, Principal | Saturday 2 May 2009 2:25 pm

Es imposible leer el Nuevo Testamento sin observar ciertas características sobrenaturales en la adoración y la experiencia de los cristianos primitivos. El elemento milagroso era especialmente prominente en el ministerio de los apóstoles y evangelistas.

Durante su extenso ministerio en Éfeso, Dios obró “milagros extraordinarios por mano de Pablo” (Hechos 19:11). La palabra traducida extraordinarios significa “lo no ordinario”, indicando que algunas formas de milagros eran consideradas como algo ordinario. Esto muestra lo difundida que estaba la experiencia de la iglesia en lo sobrenatural en aquellos días.

Un examen probará, sin embargo, que usualmente los milagros tenían alguna conexión definida con la predicación del evangelio, bien para atraer a los perdidos o para cumplir la promesa del Señor en confirmar la Palabra “con las señales que la seguían”. No eran simplemente milagros sin razón.

Una lectura e interpretación cuidadosas del Nuevo Testamento nos conducen a la conclusión de que los cristianos primitivos, incluidos a los apóstoles, vivieron una vida completamente normal. Permanecieron como “vasos de barro”, aun después de Pentecostés, y disfrutaron de una copa llena de gozo humano y de tristezas; riquezas y pobreza; fortaleza y debilidad; popularidad y persecución.

No obstante, el elemento milagroso estaba allí, su presencia llega a ser aun más impactante contra este trasfondo de lo ordinario.

Otra característica sobrenatural de la vida de la iglesia del Nuevo Testamento fue el notable ministerio profético. Los profetas eran una clase distinta de ministros (Hechos 13:1; Efesios 4:11), y su ministerio era reconocido como sobrenatural. Algunas de sus predicciones fueron cumplidas en forma inmediata y sorprendente (vea Hechos 11:28).

Algo similar al don de profecía fue el más misterioso don de lenguas, el cual continuó después del día de Pentecostés. Ocurrió en lugares bastante distantes del lugar y de la época del derramamiento inicial en Jerusalén.

LAS REUNIONES DE LOS PRIMITIVOS CRISTIANOS

A partir de varios pasajes del Nuevo Testamento, especialmente Primera de Corintios, es posible reconstruir un cuadro de las reuniones de la iglesia primitiva. Varios escritores bien dotados han hecho esto, y algunos como Dean Farrar, han revestido sus narrativas con considerable efecto dramático. En lo que estamos de acuerdo es que esas reuniones nunca carecieron de vitalidad y variedad.

Por supuesto, estamos familiarizados con muchas de esas características en la adoración cristiana de la actualidad. Las reuniones incluían oración, predicación, canto de himnos, las ordenanzas del bautismo en agua, y la Cena del Señor. Se mencionan días de ayuno, ofrendas, y reuniones de negocios, como también reuniones especiales cuando hermanos bien conocidos llegaban a una ciudad.

Sin embargo, a través de los relatos que el Nuevo Testamento hace de estas reuniones corre un toque sobrenatural, una cualidad no terrenal. La oración podía llegar a ser “oración en el espíritu”, u oración en “lenguas”, y con frecuencia era espontánea y unida. La predicación y la enseñanza tenían una nota característica de autoridad concedida por el Espíritu, siendo confirmada por las expresiones altamente inspiradoras de los “profetas”. El canto podía ser “con el espíritu” pero también con el entendimiento; a veces tomaba la forma de sólo “cánticos espirituales”. En cualquier reunión podía ocurrir un milagro. Los misioneros que regresaban informaban de obras portentosas que el Señor había hecho por medio de ellos. Los días especiales de oración y ayuno llegaban a ser memorables por la voz del Espíritu Santo en medio de ellos. Aun las conferencias estaban tan influidas por el Espíritu Santo que Él era considerado como participante en las decisiones juntamente con la iglesia.1

Todo esto está registrado en el Nuevo Testamento, sin la más leve sugerencia de que los cristianos estuvieran en condiciones de agotamiento, histeria o excitación. Con los creyentes todo era bellamente espontáneo y considerado completamente normal por aquellos que habían recibido el don del Espíritu Santo.

EL DON DEL ESPÍRITU SANTO

Allí es donde yace la fuente dinámica de todo el asunto. Los primitivos creyentes habían recibido el “don del Espíritu Santo” según había sido prometido por nuestro Señor y a través de los labios de Pedro en el día de Pentecostés.

Para ellos no se trataba meramente de un asentimiento intelectual a algún artículo de un credo. Ni era la conformidad con una vaga idea de que en alguna forma misteriosa el Espíritu Santo les había sido impartido después de su conversión. Para ellos la recepción personal del Espíritu Santo había sido una experiencia intensamente vívida. Ellos sabían cuándo vino, dónde vino, y cómo vino.2 Nada revela esto con mayor claridad que la pregunta que hizo Pablo a ciertos discípulos en los cuales él notó que estaban carentes espiritualmente: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (Hechos 19:2). El desafío fue a la experiencia, no a la doctrina; eso es significativo. Allí ocurrió un Pentecostés efesio, y fue una experiencia tan vívida como la que había recibido todo el resto: “Hablaban en lenguas y profetizaban”.

Ese pasaje, como sus paralelos, revela una conexión íntima entre los dones sobrenaturales del Espíritu y el bautismo inicial del Espíritu. Ellos constituían uno de los resultados aceptados de esa bendición en la vida corporativa y en la actividad de las asambleas, y los dones espirituales con los cuales eran enriquecidas sus reuniones, todos se derivaban del hecho de que los individuos que componían las asambleas eran llenos personalmente del Espíritu.

La frase “manifestación del Espíritu” deja esto en claro (1 Corintios 12:7). La palabra griega es fanerosis, un destello. Esos nueve dones que siguen son ejemplos de las diversas maneras en las que la morada interior del Espíritu podría revelarse a través de los creyentes. Es la luz que brilla por medio de la linterna.

Debe haber habido una “luz” maravillosamente consoladora, pero que a veces era también penetrantemente escudriñadora en aquellas asambleas cristianas primitivas, puesto que estos dones estaban en operación. Una riqueza de significado está contenida en tan solo un versículo donde Pablo dice: “Lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está entre vosotros” (1 Corintios 14:25).

NO IMITACIÓN, SINO INSPIRACIÓN

La rica variedad provista por la “diversidad de operaciones”, donde los dones del Espíritu estaban en operación debe haber evitado eficazmente en las iglesias primitivas ese estancamiento que se encuentra a veces en la adoración pública de la actualidad. Había una constante frescura y un atractivo espiritual, sin preocupaciones superficiales con novedades por causa de ellas mismas.

Que todos los cristianos se sentían en libertad de participar como el Espíritu los movía, parece fuera de toda duda. De otro modo, pasajes como 1 Corintios 14, y las situaciones allí expuestas serían sin sentido e imposibles.

Sin embargo, es una falacia pensar que podemos tener una asamblea bíblica del Nuevo Testamento simplemente por permitir que nuestras reuniones estén abiertas para que todos tomen parte como se les ocurra. La imitación no es inspiración. El ministerio abierto de las iglesias primitivas era para los dones del Espíritu, no para la actividad natural. El resultado común de “reuniones abiertas” en un plano puramente natural es esclavitud espiritual y esterilidad peor que cualquier adherencia a una forma fija de adoración que al menos da lugar al talento natural consagrado.

Realmente, el tipo más elevado de orden permeaba y salvaguardaba la libertad de las congregaciones cristianas primitivas. El don y el ministerio de “los que administran” daba a los ancianos que presidían una autoridad reconocida como proveniente del mismo Dios (1 Corintios 12:28). Esto era acompañado por un “discernimiento de espíritus” que detectaba la fuente espiritual de cualquier manifestación que ocurriera.

Los desórdenes temporales en conexión con los dones espirituales en Corinto no surgieron como algo de la naturaleza de los dones mismos, sino solamente a causa de debilidades en los creyentes que los ejercían. Las palabras finales del Apóstol sobre la materia: “Hágase todo decentemente y con orden”, muestran que un ejercicio apropiado de los dones espirituales es consecuente con las ideas más estrictas de la genuina reverencia.

DOS FORMAS DE IGNORANCIA

Pablo comienza su exposición de los dones espirituales en 1 Corintios 12-14 con, “no quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales”. La ignorancia de la cual se trata en Corintios nada tiene que ver con la experiencia de los creyentes de aquellas cosas como una realidad espiritual en su vida. Pablo testificó que ellos no tenían “falta en ningún don” en lo referente a su experiencia. Lo que ellos necesitaban era ganar un entendimiento más claro de la unidad esencial existente mediante de todos los diversos dones que poseían, y que comprendieran el hecho de que sólo el amor podía garantizar a todos el uso provechoso de sus dones. Ellos necesitaban entender la relativa importancia de algunos de los dones, y también el valor relativo de aun los mejores dones comparados con los más altos elementos del carácter cristiano.

Una extraña y obstinada falacia insiste que el disfrute de estos dones sobrenaturales del Espíritu presuponía una santidad perfecta y madurez espiritual. En realidad, el Nuevo Testamento deja en claro que ellos eran personas comunes, que, aunque santificadas por el Espíritu Santo, todavía estaban sujetas a las debilidades humanas y a errores sinceros; y que necesitaban la instrucción amable de su “padre espiritual” en Cristo.

En la actualidad encaramos una ignorancia más fundamental en lo concerniente a los dones espirituales. En muchos segmentos de la iglesia hay una falta casi completa de experiencia personal en el ejercicio de los dones. No es de extrañar, entonces, que las claras referencias a los dones en el Nuevo Testamento parezcan nebulosas y misteriosas, y que muchas veces sean aplicadas incorrectamente. Aun más, esta ignorancia es excusada y confirmada por una suposición persistente de que en cualquier caso estas cosas no son para el día actual, y que por consiguiente no deben interesarnos más que cualquier otro aspecto de la historia de la iglesia.

Las posibilidades de un maravilloso despertamiento espiritual en la iglesia yacen en la desafiante comprensión de que los dones sobrenaturales del Espíritu, con los cuales los cristianos primitivos fueron dotados, están aún dentro del alcance de la fe sencilla y de la obediencia amorosa.

tomado de los dones espirituales por Donald Gee. 

NOTAS

1. Hechos 4:24; 13:2; 14:27; 15:28; 1 Corintios 2:4; 14:13,14; Colosenses 3:16.

2. Hechos 2:4; 8:17; 9:17; 10:44; 19:6; Gálatas 3:2; Efesios 1:13.

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